dimecres, 26 d’octubre de 2016

211. Un relat de regal

El verano más feliz de mi vida

Tenía 13 años y acababa de romperme la rodilla. Yo era alero-pivot en mi equipo de baloncesto y mi misión principal era salir al rebote. En una de esas refriegas debajo de la cesta pisé mal, metí el codo y seguí jugando con la rodilla rota hasta el final del partido. Ya en frío, me di cuenta de que no podía andar.
La operación era sencilla porque se trataba sólo de un desgarro del cartílago que rodea la rótula. Ese trozo desgarrado viajaba entre los huesos y las articulaciones y había que extraerlo. Me lo sacaron en Lugo, después de cuatro días de tenerme internada a la espera de que mi cartílago desprendido tuviera a bien colocarse en el lugar adecuado para no abrirme la rodilla por detrás. Cuando salí del hospital, escayolada hasta medio muslo, ya sabía que no iba a poder nadar ni bailar ni correr. Pero me compensaba de todo la importancia de llevar una muleta a los 13 años. Por aquella época acababan de abrir el pub del Leyton, y el pincha era bastante bueno. Nacha Pop y Los Secretos eran mis favoritos. Yo, con la pierna inmóvil, me quedaba sentada cuando la música empezaba a sonar. Todas las mujeres deberían de tener una pierna escayolada, eso te hace ser mejor. A hacerme compañía se quedaban aquéllos precisamente a los que yo nunca haría caso en circunstancias normales. Así me fijé en Antonio, que me daba conversación y me venía a ver los primeros días a casa, cuando todavía no podía ni andar. Antonio era de Madrid y tenía los ajos azul eléctrico, una delgadez extrema y aparato en los dientes. Era tímido, pero al mismo tiempo muy valiente. Cuando hablábamos, me miraba a los ojos, cosa que no hacía ningún chico de mi pueblo, y con los infrarrojos de la discoteca su cara parecía la de un lince acosado que no teme a la muerte y te mira de frente. Los primeros días de mi escayola intenté evitarlo y le pedía a mi padre que viniera a buscarme al pub para no tener que caminar lentamente en su compañía por todo lo largo y ancho de la carretera general. Antonio era el único que se ofrecía a acompañarme, y a mí me daba una vergüenza horrorosa aquel largo trayecto a su lado, un camino que se hacía infinito porque yo avanzaba a saltitos de poco más de una baldosa, y todo ese tiempo de sufrimiento y costoso avance aún me daba para pensar que si no tuviera la pierna escayolada Antonio nunca se había atrevido a acercarse a mí. Eso me hacía despreciarlo un poco, pero al tercer día no pude decirle que no. Cuando doblábamos la primera esquina, yo ya sudaba de desesperación, y cuando pasábamos por delante de la puerta de su casa, donde siempre estaba su madre o alguno de sus hermanos colgado de las ventanas, una nube de bochorno me cubría entera.
Yo ya sabía entonces que hacer aquel camino con Antonio más de dos días era más comprometido que salir con cualquiera en circunstancias normales todo un invierno. Él me acompañó un día y otro prácticamente en silencio, mirándome con sus ojos de un azul reflectante, y yo no encontré la frase adecuada para disuadirlo. El tercer y cuarto día empecé a sentirme tranquila a su lado, era muy agradable saber que al final de la disco, aunque a mí me diera por hablar con otro, Antonio me esperaría para acompañarme. No parecía pedirme nada a cambio, sólo se ponía a mi lado a caminar. Ni siguiera parecía que hiciera el menor esfuerzo para ir despacio, y además yo creo que lo que a mí me contrariaba tanto, esa lentitud exasperante de caminar sólo con una pierna y una muleta, a él era lo que más le gustaba.
Empecé a sentirme cómoda el sexto y el séptimo día. Cuando cumplimos una semana, yo ya andaba mucho mejor. El camino se hacía más corto y, además, Antonio y yo hablábamos de otras cosas, y las cabezas de sus hermanos y su madre colgadas de las ventanas se hicieron familiares. Nunca llegábamos hasta mi portal. Él me dejaba en el semáforo, unos metros antes. La última semana antes de que me quitaran la escayola, Antonio parecía un poco más triste y nervioso, como se le pesara su misión. El día antes de viajar a Lugo para desprenderme al fin de aquella coraza que me hacía más lenta y más buena, Antonio y yo rebasamos juntos la barrera del semáforo y caminamos despacio hasta mi portal No había nadie en mis ventanas, pero no me hubiera importado. Allí Antonio me acercó los labios y sentí el frío de sus dientes torcidos debajo del aparato, y sus ojos azules que buscaban los míos.

- Mañana te quitan la escayola.

- Ya.

- ¿Y a qué hora vuelves?

- No sé.

Antonio se quedó mirándome y luego me dijo algo que no he encontrado después en ningún libro.

Mañana ya no querrás que yo te acompañe. Si lo hicieras, ya no tendrías más remedio que casarte conmigo, y a mí aún tienen que quitarme el aparato y tú tienes que recuperarte. Pero si algún día cuando seas mayor vuelves a romperte una pierna, llámame, ¿vale?


Antonio se fue y mi madre bajó para ayudarme a subir las escaleras. Al día siguiente me quitaron la escayola, pero ya no encontré por la tarde a Antonio en el pub. No sufrí por él. No me hizo llorar. No sé si fue el verano más feliz de mi vida, pero hasta es posible que sí.

Luisa Castro

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